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Pacificadores

  • Harold S.
  • 24 ene
  • 4 Min. de lectura

Vivimos en tiempos de guerra. Pero cuándo no. Si algo es la historia de la humanidad es la historia de la guerra y, luego, la historia de la guerra por otros medios, que es como algunos definen a la política. Que para que no fuera tan arrasadora, la competencia por los recursos y el acaparamiento de los mismos, es decir, por el poder, debía darse vía imposición en escenarios institucionales; que se podía engañar, corromper y tomar todos los recursos disponibles, incluso la amenaza de la guerra —se puede amenazar con: no hacerla—, para ganar, conquistar al contrario, y eso sería llamado política. Y en eso estamos: entre la guerra y su amenaza constante.


Pero hoy también existen quienes amenazan con acabar la guerra: los pacificadores. Bueno, han existido desde siempre. Los pacificadores son ese raro grupo de seres humanos que aspiran al gobierno de la sociedad en la que viven, pero que para acceder a él se valen de los recursos y la fuerza de los gobiernos de otras sociedades para imponer un nuevo orden en el que puedan gobernar. A eso le llaman paz: a la imposición de un nuevo gobierno. 


Los pacificadores no creen propiamente en la política, ni siquiera en su versión más burda y desechable. Si se los ve detenidamente, si se los oye, uno se entera de que los pacificadores no quieren acabar con la guerra: quieren controlarla, sacarle provecho. En el mejor de los casos, disminuirla. Son auténticos negociantes. Y nada mejor para el negociante que la prudencia de saber cuándo hacer la guerra y cuándo pedir la paz.


Ejemplos: muchísimos. Actuales: Trump, Uribe, Milei, Bukele, Kast, Bolsonaro, Santiago Peña (que es el nombre del presidente de Paraguay), la premio nobel, María Corina, buena parte del centro y la derecha colombiana —y cierta parte de la izquierda—, con cuanto candidato ha metido en las elecciones, y dejo hasta ahí la lista para que no me ocupe toda la columna. La cosa es que pululan los pacificadores. 


Les dan el premio nobel de paz por pedir la guerra para sus países, o por evitar la destrucción completa de un pueblo y su territorio para poder hacer negocios inmobiliarios, o si no se los dan, los pacificadores amenazan con pensar en otra cosa más que en la paz. Ese es el caso de María Corina Machado con Venezuela. Reconocida desde tiempos de Chávez por decirle ladrón al entonces presidente, que recibió, sin miedo, el ataque para luego responder de manera apabullante, María Corina Machado tomó una particular relevancia desde hace un par de años por ser hasta entonces la fallida candidata y la cabeza de —una parte de— la oposición en el país.


Su cruzada pacifista llegó hasta el gobierno de Israel y la Casa Blanca, donde pidió de una y otra manera a las facciones más conservadoras de Estados Unidos que intervinieran su país para poder liberarlo —y, económicamente, liberalizarlo— de la dictadura de Maduro. El país se había convertido en el tesoro privado de una oligarquía que subsiste gracias al cobijo de la enorme sombra del autor de la revolución bolivariana, cuya figura fue tan grande que el proyecto jamás pudo ser imaginado sin él. Y sin él se marchitó.


Pidió apoyo de Israel, un gobierno genocida, y la intervención armada de Estados Unidos —otro gobierno que, cuando no lo comete, favorece el genocidio—, y como premio le dieron el nobel de paz. Pero su problema fue no tener con qué negociar. Hacía promesas a futuro: cuando yo gobierne el país… cuando las negociaciones de USA con el chavismo, que ponía sobre la mesa activos concretos, sí resultaron en acuerdos. Lo había revelado el Miami Herald en octubre: las negociaciones incluyen a todo el gobierno de Maduro sin Maduro. Y así fue.


Delcy Rodríguez es la nueva presidenta de Venezuela. María Corina se quedó con los crespos hechos y sin nada con qué negociar. Nada era la medalla del nobel en comparación con los millones de millones en petróleo, y se la regaló a Trump para apaciguar su rabieta. Y en Venezuela, si lo había, no quedó ni un ascua de la llamarada de la revolución bolivariana ni de la estatura de dignidad latinoamericana que representaba el comandante.


Imagen: Donald Trump y María Corina Machado en la cesión del premio nobel. Sus caras lo dicen todo. Tomada de: https://razonpublica.com/maria-corina-machado-uso-simbolico-le-esta-dando-medalla-del-nobel-paz/


Venezuela se quedó en el peor de los mundos: con un Gobierno disfrazado de izquierda que violó la soberanía de su propio país para hacer negocios mejores y más rentables que los que ofrece un horizonte revolucionario, y sin ninguna alternativa a la vista de transformar su realidad. Todos sus líderes, del gobierno a la oposición, la ofrecen en venta. Sin opciones mirando hacia arriba ni en el otro hemisferio, a los venezolanos no les queda de otra que mirarse a sí mismos y actuar.


La primera condición para gobernar a un país es tener la firme convicción de que ese país se puede gobernar a sí mismo. Y nadie que no crea en eso merece gobernarlo, como no lo creen los pacificadores de este país que se la pasan predicando la guerra.

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