Lo que no me gusta de Iván Cepeda
- Harold S.
- 8 ago 2025
- 4 min de lectura
Quizá la primera vez que apareció ante las cámaras de televisión y todo el país supo de él fue con el asesinato de su padre, Manuel Cepeda Vargas, el martes 9 de agosto de 1994. Esa mañana Iván Cepeda se bajó de un bus que iba por toda la avenida Las Américas, en Kennedy, para ver lo que creía era el accidente automovilístico de un carro conocido, y se encontró con los tiros en el panorámico que acabaron con la vida de su padre, asesinado hacía pocos minutos. No salió con él desde la casa porque se le hizo tarde —cosa que hoy tiene mucho sentido. No tuvo lágrimas, no ante los micrófonos ni ante las cámaras, solo unos breves quebrantos en la voz. Es inquietante esa lucidez que tuvo para hablar, ante la escena del crimen, en contra de todo el aparato de asesinato que estaba operando desde el Estado para destruir a la dirigencia y al cuerpo político de izquierda, sin concentrarse solamente, aunque era la causa, en su padre. No sé uno cómo puede prepararse así para la muerte, o mejor dicho, para sobrellevar la muerte de un ser amado, pero entre ellos lo hicieron. A lo mejor lo lograron porque se dedicaron, en el seno del hogar, a cultivar ante la inminencia de la partida un intenso amor por la vida.
Desde 1994 hasta ahora, que es Congresista, Iván Cepeda Castro ha sido defensor de derechos humanos. Eso quiere decir que ha luchado contra la impunidad de los crímenes que operan desde el Estado y, políticamente, por un país en el que haya justicia social. Luchar contra la impunidad, es decir, luchar contra ese talante cínico que han tenido los asesinos en Colombia, quienes se dan el lujo, porque se les permite, de matar dos veces: una anunciando la muerte, otra matando. Y sus víctimas no son asesinadas individualmente, sino en colectivo: se las mata hasta sus raíces, hasta la huída, hasta sus rastros. A eso se ha dedicado Cepeda: a develar ese aparato cínico, a mostrar su cabeza y a mirarla a los ojos a riesgo de quedar convertido en piedra. Por eso hoy lo conocemos.

Imagen: Iván Cepeda, senador de la República, Tomada de: https://www.colectivodeabogados.org/comunicado-de-prensa-senador-ivan-cepeda-castro/
De las veces que lo he visto me parece que Cepeda tiene un aire solitario (es filósofo de profesión), no es demasiado carismático, no se la pasa dando saludos extravagantes, y aunque habla bien en público ese no es su escenario predilecto, siendo más bien tímido o resguardado. No es de ideología socialista como sus padres —que fueron de clase obrera y agudos, como les toca a todos los de clase obrera. Es un socialdemócrata, como lo fue, por poner un ejemplo, Martin Luther King. No es megalómano como la mayoría de sus copartidarios; habla pausado y es incluso hasta aburrido. Y el aburrimiento, lo comprobamos rápidamente desde niños, viene porque las cosas de adultos, que son las cosas serias y graves de la vida, no son un espectáculo: son precisamente serias y aburridas. Es tozudo, paciente, terco: cree que las cosas requieren tiempo. Es el único político —sobre todo el único entre ese amplio espectro que se llama la izquierda— al que le he oído que cree que la política tiene sentido, un sentido estético, y que eso orienta la acción política. Y es de los pocos a los que les he oído que la acción política depende de la convergencia de muchas personas, no limitándose a un asunto electoral y de clientela como se la entiende de común, como nosotros la entendemos, que es como supuestamente funciona el poder.
El tipo tiene todas esa calidades que le repelen a esa cosa dentro mío que en otro tiempo tendría apelativos como lacayo, demagogo o lambón, pero que hoy llaman “elector”. Porque uno cómo va a elegir a alguien que no lo llena de besos y gritos y abrazos, así sea cada cuatro años, o que no está seguro de que él mismo, su persona, va a cambiar dramáticamente el país. Uno cómo va a elegir a alguien que cree que la política tiene sentido, que tiene que ver con una manera de vivir, que no es un asunto de familia, que no es propiedad exclusiva de unos cuantos —a costa de expropiar a todos los demás— y que no es una cosa para llenarse los bolsillos si es que eso es lo que uno tiene que elegir, lo que ve todos los días, en todo lado.
Iván Cepeda ha soportado, por más de una década, un juicio contra Álvaro Uribe luego de que este lo demandara ante la Corte Suprema de Justicia por supuestamente haber manipulado testigos en su contra, después de hacer un debate en el Congreso sobre toda la sombra oscura del paramilitarismo y sus dirigentes del que Uribe, literalmente, huyó, y la Corte Suprema encontró que Iván Cepeda no era culpable de nada, sino que quienes habían manipulado testigos para ocultar la verdad fueron otros (Uribe, y su hoy condenado abogado). Y lo hizo, soportó un juicio contra uno de los hombres más terriblemente poderosos de Colombia para demostrarnos que los débiles sí podemos llevar ante la justicia a los que se creen intocables.
Cómo es posible que el tipo no haya aprovechado eso para lanzarse de candidato si todos los candidatos de izquierda han aprovechado sus fotos y sus anécdotas con él para hacer campaña. Todo eso es lo que me disgusta de Iván Cepeda: que el tipo crea que la vaina no tiene que ver con él sino que la vaina tiene que ver con todos. Y que si fuera candidato no podríamos hablar de eso que nos gusta: del “yo estoy con x candidato”, “trabajo para tal candidata”, “mire mi foto con mi candidato”, sino de “estas cosas: uno, dos, tres, cuatro, son las que yo quiero para mi gente, para mi país, y me voy a decidir por ellas”. Lo que no me gusta de Iván Cepeda, todas esas cosas que tanto le repelen al lacayo que llevo dentro, son la razón por la que creo que debe ser el candidato a la presidencia. Pero como sé que no lo va a hacer porque él no lo va a elegir, sino que lo tendrán que obligar (como a San Agustín lo obligaron, contra su voluntad, a ser el Obispo de Hipona), voy a seguir mirando candidatas y candidatos para, como siempre, intentar elegir al menos peor y capotear al mal mayor.




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